El calendario de Ramiro Vaca tiene marcada una fecha en rojo: el lunes 12 de enero. Tras ocho meses de una ausencia que se sintió eterna en el mediocampo de Bolívar y de la Selección, el tarijeño finalmente podrá dejar atrás la suspensión por dopaje que frenó su carrera en mayo de 2025. No fue una caída por indisciplina, sino un tropiezo con un producto contaminado que lo puso «contra la pared», obligándolo a cambiar los estadios por entrenamientos solitarios y una batalla legal para demostrar su inocencia.

Atrás queda el trago amargo del positivo en la Copa Libertadores. La Conmebol, al reconocer que no hubo intención de sacar ventaja, redujo el castigo, permitiendo que el 2026 comience con una página en blanco para el volante. Durante este tiempo, Vaca no se quedó de brazos cruzados: de entrenar por cuenta propia a reintegrarse progresivamente en Ananta, el jugador ha mantenido el ritmo físico, pero sobre todo, el hambre de revancha que solo otorga la impotencia de ver el fútbol desde la grada.

Para el hincha boliviano, esta noticia es un tanque de oxígeno. El técnico de la Selección, Óscar Villegas, ya ha dado el visto bueno para su retorno, calificando la sanción como «injusta» y dejando la puerta abierta para los amistosos de enero en Tarija y Santa Cruz. Con el repechaje mundialista de marzo a la vuelta de la esquina, recuperar la visión de juego y la pegada de Vaca no es solo una buena noticia deportiva; es recuperar la esperanza de tener a todas las piezas clave para pelear el cupo a la Copa del Mundo.

Este lunes comienza la cuenta regresiva final. Para Ramiro, volver a pisar el césped de forma oficial significa cerrar el año más difícil de su vida. Para Bolivia, significa que el camino a Monterrey se encara con el equipo completo. El «10» está de vuelta y, al parecer, el aprendizaje lo ha hecho más fuerte que nunca.

RC/REV

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