El casillero de Daniel Cataño en el Centro de Alto Rendimiento de Ananta ya está vacío. No fue una decisión fácil ni estrictamente futbolística, pero el volante colombiano de 33 años ya ha recogido sus pertenencias, marcando el final anticipado de su ciclo con la camiseta de Bolívar.
Aunque el talento del «10» estaba blindado por un año más de contrato, el fútbol ha pasado a segundo plano frente a una realidad cotidiana que muchos extranjeros enfrentan al llegar a La Paz: el desafío de la salud y la adaptación familiar.
El trasfondo de esta salida tiene un peso emocional determinante. La esposa del jugador no logró superar las complicaciones de salud derivadas de la altitud paceña, un factor que ha empujado a Cataño a buscar nuevos horizontes en un clima más amigable.
El Independiente Medellín ha aprovechado esta ventana y ya tiene un acuerdo económico cerrado con el futbolista, asumiendo el costo de la operación para que el «Poderoso de la Montaña» sea su próximo destino en este 2026.
Para el hincha celeste, esto significa perder a una pieza creativa justo cuando el equipo buscaba estabilidad.
Al final, la partida de Cataño nos recuerda que los ídolos, antes que deportistas, son personas. Mientras el DIM prepara su presentación oficial, en La Paz queda un hueco en el mediocampo y la certeza de que, a veces, el aire de los 3.600 metros dicta sentencias que ni el mejor contrato puede apelar.

