Marina Núñez del Prado no fue solo una artista; fue una mujer que talló con sus manos la historia y el espíritu del mundo andino. Nació el 17 de octubre de 1910 en La Paz, en una antigua casa colonial desde donde podía ver el Illimani, la montaña que marcó su vida.

Desde niña, Marina sentía que las piedras le hablaban. Aprendió a escuchar a la naturaleza, a los sicuris (instrumentos tradicionales) y al dolor de los pueblos indígenas. Eso fue lo que inspiró su arte: una mezcla de belleza, memoria, resistencia y homenaje.

Fue una de las primeras mujeres escultoras de Bolivia. Empezó con un estilo indigenista, representando la vida y sufrimiento de los pueblos originarios, y luego pasó a un arte más abstracto, sin dejar de expresar sus raíces.

Marina no solo hizo esculturas; defendió la cultura andina con cada obra. Por eso, su legado es una mezcla de historia milenaria y arte moderno, siempre con el corazón puesto en su tierra.

Revista Estamos Vivos 

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