El Museo Nacional de Arte (MNA) de Bolivia acaba de inaugurar una sala permanente dedicada a Miguel Alandia Pantoja, uno de los muralistas más importantes del país y de América Latina. Esta nueva sala no solo rinde homenaje a su legado, sino que también incluye una réplica del mural Historia de la mina, destruido a balazos durante la dictadura de René Barrientos en los años 60.

La directora del museo, Claribel Arandia, explicó que esta sala representa la realización de dos grandes sueños: preservar la obra del artista para las nuevas generaciones y cumplir el pedido de su familia de recuperar el mural eliminado por el régimen militar.

Este nuevo espacio también es un regalo simbólico rumbo al Bicentenario de Bolivia, y, como dijo Arandia, es “un homenaje a los artistas bolivianos que todavía mantienen vivo el arte de la pintura”.

Un arte que nació de la lucha

Miguel Alandia Pantoja nació en 1914 en el pueblo minero de Catavi, en Potosí. Fue un artista autodidacta y vivió de cerca la Guerra del Chaco. Aquella experiencia lo marcó profundamente y lo llevó a usar el arte como herramienta de denuncia y resistencia social.

A través de sus obras plasmadas en Bolivia, Chile y Perú, denunció injusticias y expresó ideales revolucionarios. Por eso se ganó el apodo de “el pintor de la revolución”. También fue un impulsor del sindicalismo en el país, participando en la creación de la Central Obrera Boliviana (COB).

Alandia murió en el exilio en Lima en 1975. Años después, sus restos fueron repatriados a La Paz y ahora descansan en el Museo de la Revolución Nacional, junto a algunos de sus murales más emblemáticos.

Su arte fue silenciado, pero no olvidado

En 1965, mientras Alandia se encontraba en Europa, el dictador René Barrientos mandó a destruir todas sus obras en instituciones públicas y privadas. El artista reaccionó escribiendo cartas a colegas e intelectuales del continente, buscando apoyo frente a lo que él consideraba un acto inaceptable.

Entre los que lo respaldaron estuvieron grandes figuras como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Con ellos, Alandia contribuyó al auge del muralismo latinoamericano.

Ahora, décadas después, el Museo Nacional de Arte repara esa herida con una sala que rescata su obra y mantiene vivo su mensaje. Porque su arte, como dijo Arandia, «sigue hablando, sigue denunciando, y no ha muerto con el tiempo, ni con su vida».

Revista Estamos Vivos 

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