A las dos de la mañana, el silencio de Caracas se quebró con el estruendo de explosiones y el zumbido pesado de los helicópteros Chinook. Lo que para muchos parecía otra noche de tensión en el Caribe, terminó siendo el desenlace de una persecución de años. En una incursión militar que Donald Trump calificó de «brillante», fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, sacándolos del país en medio de una ciudad a oscuras y bajo columnas de humo.
Este operativo no es un hecho aislado, sino el clímax de meses de asfixia económica y despliegue naval en las costas venezolanas. Para el ciudadano de a pie en Bolivia y el resto de la región, esto marca un antes y un después: se trata de la caída del sucesor de Hugo Chávez bajo una intervención directa, un escenario que hasta ayer parecía sacado de una película de la Guerra Fría pero que hoy es la nueva realidad geopolítica de Sudamérica.
El impacto inmediato se siente en la incertidumbre. Mientras las redes sociales se inundan con videos de apagones y sobrevuelos, la pregunta que recorre el continente es qué pasará con la estabilidad regional. La captura de Maduro no solo elimina una figura central del bloque bolivariano, sino que abre un periodo de volatilidad económica y política que afectará desde las relaciones diplomáticas hasta los flujos migratorios y los precios de la energía en nuestros países vecinos.
Tras años de advertencias y una creciente zozobra en el Palacio de Miraflores, el temor de Maduro se materializó en una madrugada de enero. Por primera vez en décadas, el tablero regional se queda sin uno de sus protagonistas más polémicos, dejando a Sudamérica ante el desafío de reconfigurar su seguridad y sus alianzas en un escenario de máxima tensión global.
RC/REV

